In Memoriam: Salvador Tarodo

El reciente deceso de Salvador Tarodo Elías, quien desarrolló toda su vida profesional en el Instituto Nacional de Hidráulica, siendo director de la misma por casi dos décadas, ha originado una pequeña nota en memoria de este destacado ingeniero, docente y maestro que fue parte de los primeros modelos físicos que sentaron una tradición de excelencia en el INH.

 

“Salvador Tarodo fue una persona muy activa en la hidráulica en Chile: porque él egresó el ’56 y relativamente temprano, año ’60, se incorporó a trabajar en el INH, cuando en el Instituto se comenzó en Peñaflor con los primeros modelos. El laboratorio partió muy relacionado en un comienzo con los temas de puertos, principalmente el ramo de navegación del río Valdivia y el puerto de Arica. Recuerdo que me contó que tuvo que aprender a bucear y un montón de cosas para poder incorporarse a esos trabajos” – nos comenta Bonifacio Fernández, quien fue colega de Salvador Tarodo en el Departamento de Hidráulica de la Universidad Católica.

“En la década del ‘70 se incorporó al departamento a hacer un curso de hidráulica marítima, era un docente bien activo, llevaba los alumnos al puerto, los hacía hacer trabajos de campo. Estuvo en ese curso por mucho tiempo, hasta que su labor como director del INH primó y el curso pasó a Luis Estellé”. Salvador Tarodo fue un gran impulsor no solo en el desarrollo del Instituto, sino que también bogó por la difusión y el trabajo colaborativo con otras instituciones académicas, como recuerda el profesor Fernández: “El año ’76 que se hizo el Congreso Latinoamericano de Hidráulica, él hizo una visita al instituto con los participantes del congreso, siendo un aporte a toda la ceremonia la visita al laboratorio de Peñaflor. Él siempre intentó promover esto de la hidráulica marítima.

“Él participó activamente en la SOCHID, y como también en el primer congreso de hidráulica (…). Salvador Tarodo era un gallo con el que me llevaba bien cuando hizo clases aquí, siempre estuvo muy dispuesto a que la universidad participara en el Instituto, que hiciéramos cosas en conjunto. Porque uno de los problemas que tenía el instituto, es que tenía los medios físicos, tenía los laboratorios, pero faltaba complementar más la formación academia para el laboratorio, para la investigación y el diseño de los modelos”.

 

Luis Estellé, a quien contactamos para que nos compartiera sus recuerdos de Tarodo, relata el inicio de la historia en la época académica: “Yo conocí a Salvador Tarodo cuando estaba en la universidad. Cuando estaba a punto de egresar, en el Departamento aparece un aviso de que en el INH ofrecían prácticas de vacaciones. Para ello había que entrevistarse con el director del instituto, que estaba ubicado en ese entonces en una casona vieja en Compañía, que ya no existe. Fui para allá, recuerdo con otro compañero de la universidad, y nos recibió don Salvador en su oficina y nos empezó a hablar de lo que hacía el Instituto. En ese momento, como estudiante no teníamos mucha idea de lo que era y a lo que se dedicaba. Y nos empezó a hablar de los modelos físicos a escala reducida, que es una de las características que tiene el Instituto en su laboratorio de Peñaflor. Recuerdo la anécdota que el contó, para justificar el trabajo en modelo físico y que mucha gente no lo valora: consistía en una película, “El vuelo del Fénix” (Robert Aldrich, 1965) …

Un grupo de personas viaja en avión, que se estrella en el Sahara, quedando aislados y sin recursos. Pasó y pasó el tiempo y nadie acudía al rescate ¿qué hacemos entonces? Entonces se supo que había un ingeniero aeronáutico en el grupo. Y él dijo: “con los restos del avión podemos armar un avión y salir de acá”. En un comienzo todos se rieron, pero cómo siguió pasando el tiempo, realmente pensaron que la idea no era tan mala. Estaban a punto de salir cuando alguien le pregunta al ingeniero en qué trabaja “Bueno, yo trabajo en un túnel de viento, con aeromodelos” “¿Con aeromodelos? ¡Pero esos son juguetes, vamos a perder nuestra vida en esto!” Ahí se les vino abajo la moral, pero finalmente se impuso la posibilidad de salir. Y el avión voló. Con esa historia siempre me acuerdo de Salvador.

“Hice la practica en vacaciones, me encontré con un grupo de personas simpáticas y amables. Parece que también les gustó mi trabajo, por lo que me ofrecieron seguir desarrollando mis labores de ingeniero ahí, yo teniendo aún mis ramos de universidad. Seguí trabajando de forma parcial en el laboratorio y Don Salvador me pidió que fuera su ayudante en un curso de Hidráulica Marítima que hacía en la Universidad Católica. Tuvimos una relación de inicio en la docencia que a mí me significó seguir en contacto con la universidad a través de él y después con los demás profesores. Luego que egresé, me contrató en el INH y para mí siempre fue una persona de la que yo aprendí mucho – un maestro –, tenía una formación bastante reconocida a nivel nacional en el área marítima, era un referente en ese tema. En ese entonces era un ámbito de la hidráulica muy abandonado, no como hoy en día, hoy hay un desarrollo mucho mayor, pero con herramientas muy precarias que se trató de ir mejorando con el conocimiento de otras áreas”.

“No había nada de computación en esa época, por eso mismo se usaba mucho la modelación física, porque era lo más cercano a la realidad y como las inversiones eran tan grandes se necesitaba cierta seguridad para hacerlas, de todas formas, hubo una asesoría francesa (Laboratoire Central de Hidraulic de France) en el laboratorio que trajo mucha tecnología de la época”.

  • ¿Qué destaca de Salvador como persona?

Salvador era una persona que iba de frente, por lo que generaba las dos cosas (risas): gente que no lo podía ver y gente que estaba alineada con él, porque él decía las cosas por su nombre. Tú puedes ver el mismo fenómeno de dos formas: de una forma muy crítica, o justificando todas las cosas que sea hacen. Él era muy crítico con la ingeniería y con los colegas, por eso generaba esos anticuerpos. Salvador siempre fue apegado a la colonia española, dicen que era buen futbolista, y también en el frontón era bien reconocido: practicábamos tenis en el laboratorio también.

Él nos adoptaba un poco como sus hijos. Creo que ha sido poco reconocido, desde el punto de vista de la ingeniería, lo que hizo el en el laboratorio en toda su trayectoria, quizás haya sido por su carácter, quizás porque era un hombre más practico que teórico, no estaba tan involucrado con las teorías y las ecuaciones de fondo, así que desde el punto de vista académico no estaba muy considerado. A él le toco vivir como director toda la época del régimen militar, porque asumió el 73 y terminó el 90: eso mismo, también, generó dentro del laboratorio un rechazo, por su gestión como director, dado que era “el director de la dictadura”, lo que igual produce un estigma.

¿Qué más te puedo decir de Salvador? Participó en varios proyectos, modernización de los puertos de Valparaíso y San Antonio, puertos militares y puertos para exportación de minerales que tenían como objetivo reducir el tráfico en los puertos principales. El también participó en la recuperación del Biobío, en la idea que se barajó mucho tiempo de hacerlo navegable, esto fue mucho antes de que se construyeran las represas.  Tenía una empresa que se llamaba “IP”, Ingeniería en Puertos…, hoy día eso es imposible, que un funcionario público tenga una empresa, pero en esa época no se veía tan mal: con ellos desarrolló bastantes proyectos

Yo destaco su amistad, era amigo de sus amigos, no jugaba chueco, pero si se atravesaba estabas frito, no perdonaba fácil. Tenía un carácter fuerte, pero era una persona llana, cordial y simple. Tenía anécdotas para todo, lo recuerdo con mucho cariño. Me marcó mucho en mi desarrollo profesional y en mi carrera: me ayudó a construir una casa en Peñaflor para que yo pudiera trabajar en el laboratorio. Son esas cosas que hoy parecerían raras y no se pueden hacer, pero era una forma de incentivar el compromiso y fidelizar el trabajo.

 

Santiago, Mayo 2018