Juan Mackenna: Homenaje de los amigos

La muerte de Juan Mackenna Iñiguez, ocurrida de forma intempestiva en febrero de este año, dejó desconcertados a sus colegas y amigos. No solo por la vitalidad que aún mantenía en su diario vivir, sino más bien porque Juan Mackenna se erigió como una persona destacada en la hidráulica, por su vocación de ingeniero, su visión, y su liderazgo siempre deferente a sus colegas. Este reportaje pretende un pequeño homenaje a la figura de Juan Mackenna, a través de los recuerdos de tres amigos que compartieron con él la hidráulica, pero también pudieron conocerlo en una de sus facetas más valiosas: la humana.

La muerte de Juan Mackenna, ocurrida en febrero pasado a sus 71 años, pasó bastante desapercibida en la prensa nacional. Solo brevemente, un medio comentó la muerte de un destacado empresario chileno, luego de un infarto al zambullirse en el Lago Vichuquén. Se comentaba acerca de los terrenos forestales que tenía en la región, y que fueron afectados por la ola de incendios que asoló a la zona central. Pero no había ninguna referencia a su obra como docente, investigador, o ingeniero, reduciendo su capacidad y aporte a la de un empresario.

La verdad dista de lo que comunica la prensa, como suele ocurrir, y así lo señaló una breve carta al director que apareció en un diario nacional unos pocos días después, redactada por colegas de Sigdo Koppers, empresa donde Juan afianzó su labor y trayectoria de ingeniero. SOCHID ha querido rendir homenaje a este destacado ingeniero hidráulico, no solo porque su muerte fue inesperada y no dio lugar a la reflexión necesaria tanto dentro de la academia como la sociedad hidráulica, sino porque Juan Mackenna dejó una huella profunda en la historia chilena de la especialidad.

Aquí conversamos con tres ingenieros, alumnos, colegas, personas que compartieron con él desde la ciencia y la pasión. Y sorprende que en el mismo camino aparecen cada vez más personas a comentar, para rendir un breve homenaje a través de unas palabras sinceras, para Juan Mackenna.

Juan, maestro

A quien primero contactamos, fue a José Francisco Muñoz, profesor del curso Agua Subterránea en el Departamento de Ingeniería Hidráulica y Ambiental de la UC, por más de 40 años. Me recibe con amabilidad en su oficina, y comenzamos a hablar de Juan durante sus años de profesor en la Escuela de Ingeniería.

“Yo conocí a Juan en el año 1970, como tutor, labor que ejercían en esa época todos los profesores de la escuela y orientaban a los alumnos en las decisiones curriculares. En el año 1971, Juan, junto a Pilar, su esposa, fue a estudiar un postgrado en el Institut Polytechnique de Grenoble, Francia. A su regreso fue profesor de diversos cursos, como Mecánica de Fluidos I y II, Agua Subterránea, Embalses y Taller de Obras Hidráulicas entre otros. Fue profesor supervisor de memoria de título de muchos ingenieros civiles y también Jefe de Departamento. Juan, junto con otros profesores jóvenes de esa época, Pedro Castañer, Eduardo Varas, Bernardo Domínguez y Bonifacio Fernández formaron el Departamento de Obras Hidráulicas (DOH). En esa época, la Escuela de Ingeniería se formó con ingenieros recién titulados, que debían hacer primero un master, volver a la escuela por algunos años y posteriormente volver a salir al extranjero a hacer un doctorado.”

“Cuando Juan vuelve de Francia con su título de “Ingenieur Hydraulicien”,  asume como Jefe de Departamento, en un período de crecimiento de la Escuela y del DOH, en el cual se incorpora Bonifacio Fernández (1972),  yo (1974), René Ureta y Juan Pablo Donoso… En ese período había una mística muy grande, donde los jóvenes profesores y los alumnos hidráulicos nos sentíamos parte de un grupo académico muy especial dentro de la escuela y donde se desarrollaron amistades que perduran hasta el día de hoy. La última vez que nos juntamos, profesores y alumnos de esa época fue en diciembre recién pasado.”

¿Cómo fue su labor como Jefe de departamento?

Juan, como Jefe de Departamento en esa época, demostró muchas de las cualidades que lo hicieron sobresalir después como profesional como la valentía en la defensa de sus principios, su visión de futuro y su liderazgo natural. Creo que una de sus mayores cualidades fue la gran preocupación que mostraba por las personas con las que trabajaba.

¿Entonces, por qué renunció?

Su vocación era ejercer como Ingeniero Civil, y estoy seguro que en su vida profesional también formó a muchos ingenieros. De lo que siempre me acuerdo de él, es que lograba entender los procesos que enfrentaba a fondo. Para mí fue un verdadero maestro que me enseñó la disciplina en la que he trabajado y he dedicado mi vida académica: el agua subterránea. Cuando en Chile casi no habían modelos hidrogeológicos me propuso una memoria de título sobre un modelo de diferencias finitas para analizar el acuífero del valle del Huasco, sin ser él especialista, pero con la visión de que era un tema con futuro.


 

Juan, amigo

Mientras espero a Bonifacio Fernández, converso un momento con Carmen Gloria, secretaria desde hace ya casi 40 años del Departamento de Hidráulica. “Yo lo conocí durante 6 meses no más, que fueron los últimos que él estuvo en la Católica”. Entonces le pregunto qué es lo que recuerda más de Juan. Carmen Gloria no titubea al responder: “Yo recién había llegado, era una niña de 18 años, y lo recuerdo como una persona súper correcta ¿comprendes? Quiero decir que yo lo veía como un hombre mayor, yo era una niña entonces,  y me daba la impresión que él sabía mucho, era un hombre muy culto. Siempre súper amable”.

Bonifacio, profesor emérito de la UC, me invita a pasar a su oficina. Aunque retirado de jornada completa, continúa impartiendo clases de “Mecánica de Fluidos”, curso que lo consagró como un clásico en la memoria colectiva de muchos ingenieros en plan común. Siempre activo con su trabajo en el Laboratorio de Modelos Hidráulicos (DICTUC), accedió a conversar un momento sobre Juan. Se queda un momento en silencio, entrecruza sus manos en un gesto de reflexión, como volviendo a recuerdos de 40 años atrás, y finalmente comenta:

“Juan fue uno de los primeros profesores que se contrataron aquí en el Departamento, tuvo que haber sido por el año ’69. Y en realidad fue ese año, que junto a Eduardo Varas y Bernardo Domínguez, formaron el Departamento como se entiende hoy en día. Lo que hizo Juan en el departamento, en el principio, fue desarrollar la línea más de ingeniería. Porque en esos años todos hacíamos de todo, pero Juan se interesaba más por los cursos aplicados, le gustaba mucho el diseño, la construcción y el trabajo en terreno.  Desarrolló los cursos de Mecánica de Fluidos Aplicada, Embalses, Agua subterránea. En ese sentido, Juan era – y después en su vida lo demostró – un súper ingeniero. Él tenía más vocación de ingeniero, de hacer cosas, y de enseñar y no tanto de  investigar.  A pesar de que era buen profesor y buen investigador, pero finalmente lo que lo apasionaba era la ingeniería.”

 “Él después fue a hacer un magíster a Grenoble el año ’71: cuando volvió fue profesor, y en el año ‘73 fue Jefe de Departamento. En esos tiempos el fomentó mucho una relación con la ingeniería nacional, en especial con  la Universidad de Chile, la Endesa y el Instituto Nacional de Hidráulica, y en particular con la Sociedad Chilena de Ingeniería Hidráulica (SOHID) y con el Instituto y Colegio de ingenieros. Era muy bueno para formar equipos y relacionarse con la sociedad.”

¿Cómo fue su experiencia con Juan como colegas?

“En el año ‘74, Pepe [José Francisco Muñoz] estaba recién contratado y se fue a hacer un magister, y también se fue a hacer el doctorado Domínguez el ‘74 y Eduardo Varas se había ido el ‘73, así que con Juan Mackenna estuvimos solos en el Departamento prácticamente un año. Solos (ríe). No estábamos aquí, estábamos en el segundo piso del Raúl Devés, y me acuerdo que llegábamos en la mañana y tocábamos las puertas de las oficinas todas vacías.”

“Además en ese tiempo coincidió con que llevábamos una racha relativamente continua de colaboradores franceses. Había empezado  a fines de los sesenta con Phillip Bois, Jean Tehel, Alain Bancel, y después vino el año ‘75, un joven ingeniero  francés  que se perdió, no sabíamos lo que hacía (risas) y lo podíamos ocupar muy poco. Estuvimos Juan y yo, solos, hacíamos tres cursos cada uno al semestre, ahí es donde yo empecé a hacer varios cursos, y él un poco también. Juan hacia los más aplicados y yo hacia los más básicos. Yo hacía Fluidos, Hidráulica, Hidrología, y el hacía Fluidos Aplicada, Aguas Subterráneas, Embalses…, entre los dos hacíamos el Taller de Obras Hidráulicas.  Además Juan estaba muy interesado en que en el laboratorio hiciéramos modelos y colaboramos en el diseño de obras de ingeniería. Así fue como consiguió que Endesa nos encargara el modelo para el diseño de la Central Machicura, que fue el primero de una serie de modelos hidráulicos realizados en el laboratorio en el Campus San Joaquín.”

Cuénteme un poco de los últimos años, cuando Juan decidió dejar la academia

“Cuando volvió Eduardo de su doctorado empezamos a programar la salida al extranjero, para el doctorado, tanto mía como de Juan. Y Juan, creo, que ahí la pensó y en realidad dijo “no me voy a ir 5 años a hacer un doctorado”. Así que empezó a “buscar opciones” y, ¿qué opciones teníamos? le habían hecho muchas ofertas para trabajar afuera, y también en esos tiempos, en el año ‘77, formamos una oficina de consultoría entre los profesores del Departamento, (IRH).”

“Él después dejó la universidad y partió a trabajar en Sigdo Koppers.  IRH siguió funcionando básicamente con los otros socios que se retiraron del departamento, y seguimos siendo socios harto tiempo de IRH, pero yo me dediqué más a la universidad, él se dedicó más a Sigdo Koppers. Seguimos colaborando en algunas cosas ahí, y los otros socios que quedaron fueron los que siguieron dedicados a la consultora. Ahora de todas maneras, de Sigdo Koppers, el siguió colaborando como profesor por hora, y después participó harto en comités de empresas, comisiones asesoras, de manera que  siempre tuvimos una relación bien de amigos todos los que participamos en los inicios del Departamento en los años ‘70.”

Le pregunto entonces a Bonifacio acerca de alguna anécdota sobre aquellos años compartidos con Juan Mackenna, y el ríe al recordar:

“Eduardo Varas hizo su doctorado con Linsley, de Stanford. Una de sus grandes aportes es que desarrolló uno de los primeros modelos hidrológicos computacionales de lluvia-escorrentía, el famoso modelo Stanford Watershed Model. Eduardo consiguió que viniera Linsley a Chile y que aplicaríamos su modelo  hidrológico en una cuenca. Aquí elegimos una cuenca, con la gente de Endesa, de interés, el río Calleuque en Rapel, al lado de Santa Cruz.”

“Teníamos que hacer una visita técnica al terreno de la cuenca, y como la señora de Juan Mackenna tenía un fundo cerca de Santa Cruz, entonces a Juan se le ocurrió transformar la visita técnica en un vista social  con Linsley y su esposa,  y fuimos a pasar un fin de semana a la zona de la cuenca, invitando a otra gente de la hidrología nacional, recuerdo que fue Basilio Espíldora. Fuimos todos en una furgoneta que arrendamos. Linsley no hablaba nada de español, absolutamente nada, Juan hablaba bien español, francés e inglés, yo chapurreaba no más un poco de inglés, así que Linsley no vio nada de la cuenca pero quedo encantado con su vista a un “very tipical chilean rancho”.  Con Linsley Juan organizó un seminario de varios días sobre la aplicación de estos modelos en Chile que fue un tremendo éxito.  El departamento en esos tiempos en verdad estaba comenzando a darse a conocer y de alguna forma también generando una primera vinculación con el la ingeniería nacional.”

Finalmente, ¿cómo recuerda a Juan como persona?

“Súper bueno. Lo que pasa es que Juan, además de ser muy capaz para hacer un montón de cosas, era súper buen amigo, en realidad siempre dispuesto a ayudar, a entregar y tranquilo para sus cosas. Pocas veces lo vi discutir o pelear con la gente, siempre se conseguía las cosas a la buena, era una persona en ese sentido súper agradable de trato y siempre gran colaborador, si alguien necesitabas algo, Juan siempre estaba bien dispuesto.”

“Así que nosotros siempre lo llamamos, como departamento, a participar tanto en cursos, como en seminarios, él siempre estaba disponible. A pesar de que cuando trabajó en Sigdo Koppers, le tocó viajar un montón, estaba bien ocupado porque finalmente esa era una empresa grande y él llegó a ser gerente general, pero siempre colaboró.”

“Lo que pasa es que finalmente, de este grupo inicial, Juan, Eduardo y Bernardo, también por el carácter de ellos, fuimos más bien un grupo de amigos, que mantuvimos una amistad hasta ahora. No solo éramos amigos entre nosotros, sino también de Pilar, su señora, y ella  de nuestras señoras: se generó un ambiente súper agradable.”

Me despido de Bonifacio y agradezco su tiempo. Intercambiamos algunas palabras acerca de lo extraña que fue la muerte de Juan, y él me comenta con un poco de tristeza y resignación:

“Una perdida inesperada. Yo te diría que Juan era un poco mayor que yo, y menor que Bernardo y Eduardo, así que esto… es como cuando fallece un hermano, en realidad no están en la “línea”, la muerte se saltó varios puestos y cae bien cerca. Y estaba todavía súper activo.”


 

Juan, ingeniero

Nos reunimos con Luis Estellé unos minutos para conversar acerca de Juan Mackenna, a quien conoció cuando él era estudiante de Ingeniería Hidráulica. Actualmente Ingeniero del Departamento de Proyectos de Aguas Lluvias, ex Jefe del Departamento y ex Subdirector de Cauces y Drenaje Urbano (S) la DOH, Luis es quien conoce más la faceta final de Juan, aquella que lo destacó de frente a la sociedad: un ingeniero hidráulico que dirigió y desarrolló proyectos monumentales.

“Recuerdo que tuve tres cursos con Juan: Flujo en Medios Permeables, Embalses y Taller de Obras Hidráulicas. En los últimos años de estudios él me recomendó para mi práctica profesional, recuerdo que me fui a hacer una práctica en vacaciones al laboratorio del INH, en Peñaflor. Me gustó esa labor de investigación. Y parece que también les caí en gracia, así que Juan me pidió que continuara ahí, siendo todavía alumno de la escuela.”

“Me quedaban un par de ramos, entre ellos uno que se llamaba taller personal dirigido (TPD). No sé si existirá  todavía (risas), pero era un tema de investigación, y a mí me tocó justo la  época en la que cambió de la memoria tradicional al examen de grado. Excelente suerte, porque resulta que hubo un periodo, dentro de la transición, en la cual por un corto tiempo se eximió a algunos alumnos de dar el examen de grado y yo caí en esa gracia. Así que no hice ni memoria ni examen de grado (ríe). En todo caso, este TPD lo hice en un tema para mi novedoso y que era el transporte de sedimentos y la mecánica fluvial. El profesor que tenía en ese momento a cargo mío era Pedro Castañer, un antiguo profesor de la escuela, que lamentablemente, justamente en esa época que estábamos interactuando, se quitó la vida… y quedé sin profesor.”

“Entonces intervino Juan Mackenna y tomó el tema en sus manos y empezamos a seguir en el proceso de investigación y justo coincidió que venía el VII Congreso Latinoamericano de Hidráulica. Y Endesa vino al INH a proponer que se investigaran dos temas: uno era el vaciamiento brusco de una cámara de carga para una chimenea de equilibrio, y el otro que era la protección de taludes con enrocados. Porque ellos (Endesa) querían proteger una explanada que habían construido en la central Antuco, donde iban a poner las maquinas, algunos generadores. Pero bueno, no querían un modelo específico, sino una metodología para probar los enrocados de protección.”

“Como yo estaba recién llegado al laboratorio me pidieron hacerme cargo de esa investigación, hicimos un canal, construimos un modelo. Juan siempre colaboraba, incluso, como el laboratorio no tenía suficiente capacidad de bombeo y el laboratorio de hidráulica de la PUC se estaba recién formando, habían unas bombas que recién se habían comprado, nuevas, que eran de capacidad importante y que él las consiguió para que las prestaran con el objeto de apoyar esta investigación, logrando que las llevaran al INH.”

“La investigación terminó con unas ecuaciones y unos gráficos de diseño que se publicaron en el congreso latinoamericano. Posteriormente, Lincoln Alvarado tomó los resultados de las experiencias y las volvió a publicar en otro Coloquio Chileno de Hidráulica (III), donde las comparó con un trabajo que había hecho un argentino y concordaban bastante bien: el del argentino era más teórico, este era más práctico. Me parece que Endesa aún sigue ocupando las mismas metodologías y ecuaciones que propusimos. No sé si quedará Endesa todavía (risas) pero durante mucho tiempo se usaron esas ecuaciones.”

¿Fue entonces que nació la amistad con Juan y el vínculo laboral que los mantuvo tantos años en contacto?

“Tuvimos mucha relación con Juan, después me acuerdo que empezando a trabajar en el INH, me llama un día y me dice “tengo que hacer un trabajo en el canal de Chacao, te interesa”.  Juan había salido hace poco de la Escuela  [de Ingeniería UC] y estaba en Sigdo Koppers. Esta empresa se había ganado una propuesta internacional junto con Sumitomo de Japón para ‘solucionar el problema de alimentar de energía eléctrica, por cables submarinos, a la Isla de Chiloé’.”

“Lo que pasa es que la isla de Chiloé se alimentaba con esos cables submarinos, lógicamente por economía buscaron el punto más cercano entre la isla y el continente, pero al ser la distancia más corta, es donde se produce las mayores velocidades y turbulencias provocadas por la marea. Entonces los cables con estad velocidades, que eran súper fuerte, se desplazaban. En primer lugar, abajo no había arena, si no que era pura roca ya que no había nada que se sustentara con esas velocidades, entonces los cables se desplazaban con el flujo y contraflujo de la marea, rozaban con el fondo en un movimiento alternante que los cortaba. Así que cada cierto tiempo había que reemplazarlos. Por lo tanto ya estaban medios aburridos con el tema de reemplazar el cable, así que la idea era buscar una nueva ruta para iluminar la isla de Chiloé por cables submarinos, pero que fuera visitable por los buzos, y con una profundidad menor a 60 metros para que fueran visitables, porque los buzos no podían llegar tan abajo, para ello necesitaban equipos especiales. Era una complicación.”

“En resumen, el objetivo de la investigación era buscar una nueva ruta que fuera visitable, con 40 metros de profundidad, como máximo, que tuviera ojalá arena en el fondo y que no tuviera tanta velocidad de corriente. Ahí Juan, me convocó a este equipo, me dio la responsabilidad de estar a cargo de los trabajos en terreno: cada cierto tiempo él iba para allá con gente de Endesa y con gente de Sigdo Koppers a controlar como iban los trabajos, el equipo que hacia los trabajos era un equipo japonés, que venían contratados por Sumitomo. Es decir, estábamos conviviendo permanentemente con 10 japoneses durante más de 8 meses. Ellos traían las últimas tecnologías de ese momento (1982). Me acuerdo que en Chile los levantamientos batimétricos, en esa época, la hacíamos con una embarcación que emitía un eco (ecosonda), pero para ubicar el bote, se utilizaba la intersección de visuales de tres taquímetros o teodolitos. Había que estar con una radio para coordinarlos y marcar los puntos (sonda). Los japoneses, no, traían un equipo parecido a los GPS de hoy en día, pero que operaban con radiofrecuencia, cuyos receptores se instalaba en tres puntos en tierra y emitían señales de radio, entonces en la embarcación, se detectaban las señales emitidas y a través de un conversor, en un visor, se marcaba las coordenadas y el rumbo en cual íbamos navegando, permitiendo, con los ecosondas y demás instrumentos un registro continuo de las profundidades, además de otras características de la superficie del fondo del mar, en resumen, era mucho mejor.”

¿Hay alguna anécdota de esta época que recuerde?

“Nosotros trabajábamos con una cuadrilla de buzos de Punta Arenas, porque había que explorar el fondo, sacar muestras, tomar fotografías, y tenían que instalar correntómetros para medir la velocidad en el fondo. Para sostener los correntómetros, hubo que hacer una maniobra especial, un muerto anclado para que se agarrara y no se moviera con las corrientes, amarrado al muerto el correntómetro y sobre él un tambor que llenaban de aire los buzos para atirantarlo y dejarlo vertical. La maniobra terminaba con un boyarín a superficie para su demarcación. En esa época había que ir cada día a sacar los datos, porque eran inscriptores de papel, no habían dispositivos electrónicos. La corriente del canal era tan fuerte que hundía y hacia desaparecer los boyarines demarcatorios. En una ocasión, había una boya que no podríamos encontrar. Como la corriente era tan fuerte, el buzo podía entrar solamente en la hora en que paraba la corriente, esto se llama la estoba, íbamos a desistir porque no podíamos visualizar el boyarín, y de repente “pum”, salta la boya a una distancia de la embarcación. Partimos para allá y los buzos bajaron a recuperar el correntómetro y resulta que empezaron a salir todos muy alterados, porque el muerto se había corrido y se había enganchado en los restos de un naufragio. Empezaron a sacar ollas, platos, tenedores, del siglo XVIII… así que se olvidó todo, se preocupaban solo de rescatar cosas del naufragio.”

Para sintetizar, ¿Cómo fue su relación personal con Juan?

Hicimos una relación muy, muy  cercana con Juan, que se mantuvo durante toda la vida profesional. Después que terminé el trabajo en Chacao y volví al laboratorio del INH, Juan siguió interactuando conmigo en el sentido de que algunos proyectos de especialidad marítima que hacia Sigdo Koppers, me los encargaba para que colaboraba con él. Así que de esa manera seguimos trabajando y colaborando. Te cuento que hasta hace poco, cuando hubo cambio de gobierno me acuerdo que tuve un problema acá en la Dirección [de Obras Hidráulicas]. Yo tenía un cargo de jefatura y en esos momentos me pidieron que… dejara de estar acá, no solo en el cargo, si no, estar acá (risas). Eso fue cerca del 2012 y al saberlo, Juan me llamó y trató de colaborar y ayudar… finalmente no llegó a tanto, y se revirtió la medida, que era muy drástica. Pero de todas maneras es un gesto de él, que lo retrata completamente, en esa faceta.”

Había una relación de amistad y colaboración profesional muy grande, desde el momento en que nos conocimos en la universidad hasta que lamentablemente nos pilló este momento el cual nadie se lo esperaba. Un infarto,… parece que en el momento en que se zambulló, y no tenía ningún indicio, por lo menos nosotros no conocíamos nada. Cuando la gente está media enferma, tiene alguna cosa u otra, uno se lo espera…”

“Pero en este caso, no había por dónde. Esas son las vivencias que tengo con él, todas son buenos recuerdos. En Sigdo Koppers, ocupó cargos de importancia, y también estuvo en Sofofa y en la CChC y en la caja de compensación Los Andes. Aplicaba su buen criterio la experiencia y sus condiciones de liderazgo. Era un buen líder, por su puesto, un excelente líder.”

Luis me acompaña a la salida de la DOH. Mientras caminamos advierto en él esa pesadumbre no sólo por la muerte de Juan, que he notado en todos sus amigos que compartieron un momento conmigo, para poder retratar mejor al colega hoy fallecido. Es una pesadumbre también porque la muerte Juan señala de a poco el desmembramiento de una generación de ingenieros destacados que aportaron a la academia, a la sociedad, pero sobre todo, al fortalecimiento de la fraternidad entre ellos mismos. Al salir, Luis me comenta: “mira, él es Javier Caraccioli, él también trabajó con Juan, él te puede comentar sobre cómo era”.

Javier piensa un momento y luego me dice, certeramente: “Juan era un maestro, en todo el sentido de la palabra. Un estimulador de las cosas buenas de las personas”

13 – 22 Marzo, Santiago

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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