Ludwig Stöwhas: la sabiduría de la ingeniería está en la práctica

Ludwig Stöwhas: la sabiduría de la ingeniería está en la práctica

El nombre de Ludwig Stöwhas es recordado en la memoria colectiva de quienes han trabajado en hidráulica e hidrología por el conocido trabajo de Precipitaciones Máximas Diarias en Chile, que hoy ya se erige como documento de consulta obligado para todo consultor, ingeniero y estudiante. Pero más allá de la mítica figura, está un hombre reconocido por su gran pasión docente y su preocupación por los alumnos, caracterizado además por abarcar un amplio espectro en su larga carrera investigativa, pero sobre todo, por comprender que la sabiduría de la ingeniería está en sus aplicaciones a la vida real y no en los marcos teóricos.  

por Gonzalo Yáñez Morroni

¿En dónde nació el interés por estudiar ingeniería? ¿Y la pasión por el agua? 

¿Cómo llegué a que iba a estudiar ingeniería? A lo mejor por descarte, porque no era ni medicina ni leyes, y en esa época eran las tres opciones. Mi familia no me lo imponía, para nada… A lo mejor faltó una pregunta previa. Por lo menos, en el colegio yo quería ser profesor de matemática y física y ahí sí que la familia me dijo que era muy mal remunerada, que estudiara otra cosa. Pero “la hice de oro” porque toda la vida fui profesor y con remuneración de ingeniero: siempre me apasionó la docencia 

Yo diría que el agua siempre me interesó: soy porteño. Nací mirando el agua y dentro de la ingeniería era la parte que más me resultaba atractiva, por ser la alternativa que está más cerca de la naturaleza. Una de mis alternativas era estudiar agronomía, irme por ese lado, que era una de las ciencias cercanas a la naturaleza también. La naturaleza limpia o en “régimen natural”. La conciencia de la contaminación ambiental estaba en pañales

Su carrera como académico, iniciada en 1967, se extiende hasta este año, en que dejó  de hacer clases, pero manteniendo sus actividades en la práctica de la ingeniería a través de consultorías, “parte fundamental de la enseñanza”, en sus propias palabras. 

Yo egresé y empecé a trabajar en el sector público en el Ministerio [de Obras Públicas], y ahí me di cuenta que eso no era para mí y tuve una oportunidad, en que me ofrecieron trabajar en la Universidad de Chile. Era donde yo estudié, y no la pensé dos veces: estaba la componente de docencia, que siempre me interesó… ser funcionario público no era mi vocación – ¿Dónde le apretaba el zapato trabajando en el sector público? – Para empezar, me apretaba la corbata. Hay que considerar que en esos tiempos andar sin corbata era revolucionario.

Fui funcionario [académico] a jornada completa. La parte profesional era entre las 5 y 8 de la noche: muchos años trabajé como asesor en hidrología, en hidráulica, en algunas de las consultoras. Siempre en consultoras, no en empresas grandes que me exigieran horarios. Incluso aquí mismo, esta oficina funcionaba y yo llegaba a las 6 de la tarde, porque yo en la mañana estaba en la universidad.

Ludwig, ¿Dónde nace  la pasión por la investigación? 

Yo creo que es innato. Mis colegas siempre me hacen broma de que yo no puedo ver más de cuatro números sin sacar el promedio y la desviación estándar (risas).

Siempre he estado en paralelo entre la academia y la ingeniería. Porque opino que para enseñar ingeniería hay que ser ingeniero: haber vivido la profesión. Estoy aquí (señala la oficina) y siempre he estado haciendo un paralelo entre lo que era la academia y lo que era el ejercicio profesional, que en aquellos tiempos se estimaba recomendable, hoy es casi mal visto. Uno se descoloca, si no sabe lo que pasa en el mundo real. Mucho de los temas de investigación que he hecho nacen de problemas reales de la ingeniería en la práctica, muchas de las memorias que he guiado nacieron como problemas reales de la práctica ingenieril. Y ahí se aprende a veces más que en los libros. Y una cosa retroalimenta a la otra, y más aún hoy en día, cuando todo lo que uno le puede enseñar a un alumno, está en internet: lo único que uno puede transmitirle al alumno es la experiencia, el haber vivido la profesión. Lo que no se puede poner por escrito. Por ejemplo, aplicar ciertas formulas en ciertas instancias, porque uno ya ha tenido la experiencia, sabe y conoce sus limitaciones. El resto, la teoría, está todo en Internet mejor explicado que como uno lo hace.

Yo egresé el ‘65 de la Universidad de Chile, y volví el ‘67 como docente e investigador, por una década. Todos desarrollábamos ambas cosas, el que está en la universidad está obligado a hacer docencia, si no que se vaya a otro lado – Pero hoy los profesores son más exigidos en cuanto a su productividad en las publicaciones científicas, como índice de calidad de los mismos y la universidad, ¿qué opina de eso? – Es la tragedia actual a mi juicio, que lo que interesa es escribir papers cuando la razón primordial de la universidad es transmitir el conocimiento a las nuevas generaciones. Yo he peleado siempre por el predominio de la docencia sobre la investigación, o la investigación como consecuencia de la docencia. Si hay algo que no sabemos, investiguémoslo, si lo sabemos, enseñémoslo al que nos va a reemplazar en el futuro. 

“Yo he peleado siempre por el predominio de la docencia sobre la investigación, o la investigación como consecuencia de la docencia. Si hay algo que no sabemos, investiguémoslo, si lo sabemos, enseñémoslo al que nos va a reemplazar en el futuro”

Hablemos de su aporte en los Congresos Chilenos de Ingeniería Hidráulica. Usted tiene aportes ya desde el Primer Coloquio (1971), en donde publicó en conjunto con Basilio Espíldora un “Resumen de algunas investigaciones sobre hidrología en cuencas nivales” ¿de qué se trataba  aquel trabajo? 

Con ese trabajo llegué yo a la Universidad de Chile: había un convenio con la Universidad de California, y se decidió abrir el tema de la hidrología de nieves y se inició la construcción de un laboratorio de nieves en Farellones. Yo era pajarito nuevo y fui el hombre, por así decirlo, que construyó el laboratorio, para ser finalmente mi tema de memoria. Y los primeros resultados de las investigaciones ahí hechas, incluyendo las instalaciones, dieron origen a ese trabajo. Que me valió el mote de “hombre de las nieves”, por lo demás (risas).

Me llama la atención que incluso en el último congreso, realizado el año pasado, usted haya publicado un trabajo sobre línea de nieves, como profesor guía de un tema de tesis. Esto demuestra su increíble capacidad de mantenerse vigente en la academia – es uno de los pocos docentes que ha publicado en todos los congresos –, y también su importancia en la hidrología de nieves  ¿A qué se debe esto? 

Es que la hidrología de nieves es el tema en el que más he aportado, es mi tema. Yo diría que hasta que se construyó el laboratorio, dando así el inicio a esta línea [de investigación], nadie hablaba de nieve de ningún tipo. La nieve estaba ahí, pero era parte del paisaje: cuando mucho se hablaba de una ruta de nieve para medirla, trabajo que por lo demás exige un tremendo esfuerzo y merece todo nuestro reconocimiento, pero del comportamiento de la nieve, muy poco. Y te diría que la generación nuestra comenzó a preocuparse de la nieve, que es el principal recurso hídrico que tenemos en el país, tanto por el lado de la DGA con Humberto Peña, Fernando Escobar y Fernando Vidal, como en Endesa y  la U. de Chile donde nos dedicamos bastante a eso.

Yo quedé marcado con ese tema, y seguí en él sin perjuicio que como docente uno tiene que tener un espectro más amplio, por lo menos acá en la Universidad [Federico] Santa María, uno tiene que hacer desde Mecánica de Fluidos hasta hidráulica “súper-aplicada”, lo que es muy bueno. Pero profesionalmente, la mayoría de las veces he estado ligado al problema de la nieve, la línea de nieve, el deshielo, la simulación en hidrología: han sido mis temas. 

En el congreso XIV, usted publicó trabajos sobre temas de hidrología, crecidas, de socavación, de la curva número, entre otros ¿Cómo se gesta este espectro de amplitud, hay algo de necesidad personal o fueron circunstancias externas? 

La docencia te obliga a tener ese espectro, es la gracia además de una universidad más chica, en que uno no puede centrarse solamente en un tema.

Ahora, el tema de la curva número nació netamente de la práctica profesional. Si uno aplicaba el método de la curva número como decían los libros, salían cosas absurdas, porque en el mundo real no existe ninguna cuenca que tenga una sola curva número. Hay sectores con CN igual a 80, 70, 60, entonces el método con lluvias pequeñas no funcionaba. Lo vivimos en la práctica. Aplicamos el método y daba escorrentía cero. ¡Pero si el agua va pasando! ¿Cómo va a ser escorrentía cero? Entonces había que corregir ese método para que diera algún resultado, para la realidad mundial: en zonas áridas, si la lluvia es poca, no funciona, pues la curva numero siempre va a dar escorrentía cero.

Sin dar el merecido reconocimiento al espectro amplio que ha desarrollado, Ludwig es recordado en la memoria colectiva de los Ingenieros Hidráulicos por su famoso trabajo publicado en el VI Congreso “Precipitaciones Máximas Diarias en Chile” (1983). En ella se hace un estudio y ajuste de los métodos existentes, para aplicarlas a la realidad nacional. Tal impacto tuvo que es uno de los documentos más descargados y consultados en la página web de la SOCHID, junto los trabajos de Verni y King (crecidas en cuencas no controladas), y de Varas (curvas IDF para Chile). Al preguntarle sobre este trabajo, Ludwig responde: 

Eso es consecuencia de la actividad docente, diría yo, ¿en qué sentido?, en que hasta los años 70’ nunca nadie habló de la PMP [Precipitación máxima probable] ni de la CMC [Crecida máxima probable], se diseñaba para 1:1000 o 1:5000 o lo que fuera. El concepto de ambas no se había introducido en Chile. Cuando participé en el proyecto de la central Pehuenche, ahí hicimos por primera vez en Chile una estimación de la PMP basado en el método convencional. Es decir, el análisis y maximización de  tormentas históricas, en función de la temperatura y velocidad del viento, lo cual exige una cantidad de datos que en muy pocas partes de Chile existían y una cantidad de trabajo que pocos estaban dispuestos a hacer, pero se hizo. Existía este método alternativo de Herschfield que resultaba sencillísimo. Lo que yo intenté hacer era ver si el método funcionaba: lo probamos acá y nos daban unos números gigantescos, mucho más grandes los que daban los de maximización de tormentas. Entonces me dediqué a recopilar todos los datos de estadísticas de precipitaciones que había al respecto y ver si Herschfield funcionaba.  Recolectar los datos fue lo más complicado, porque en sí no habían bancos de datos, me pasé meses en la DMC sacando los datos a pulso de los anuarios escritos.

Obtuve que en general sobreestimaba las lluvias en Chile. Finalmente le incorporé un par de alternativas, no solo la solución clásica, que dan valores en general más razonables. ¿Y por qué se hizo tan famoso? Porque después se hizo obligatorio estimar la PMP entonces los ambientalistas exigen que se calcule. Ahí está la palta, le decimos nosotros acá. [“Ahí está la solución”]

¿Cómo atisbó las relaciones matemáticas y gráficas propuestas en el trabajo, considerando que en esa época la tecnología no era una herramienta tan poderosa? Por este mismo hecho, ¿había más criterio, intuición? Es algo que se ha ido perdiendo hoy. 

No, yo creo que eso tenemos que saberlo todos los ingenieros: si queremos maximizar algo hay que usar la envolvente que va por encima. Es lo básico.

Con respecto a cómo la tecnología afecta esta capacidad, ya lo creo que sí. La computación de los años de las tarjetas perforadas, implicaba que uno echaba a correr su programa y a los dos días iba a buscar su resultado, no a las milésimas de segundo. Entonces uno tenía días para pensar el problema, para seguir dándole vuelta. Si se arrepentía entremedio, bueno, se había equivocado en lo que hizo, había más tiempo para madurar las cosas. Hoy día es todo vertiginoso. No hay tiempo para la reflexión, el sistema te lo exige, hay que hacer un trabajo, ¿para cuándo?, normalmente es para ayer. Nunca es para mañana.

¿Es un cambio que afecta a los profesionales del futuro? Me refiero, ¿cómo se comparan los trabajos de investigación de su época a los que ahora son llevados a cabo por los estudiantes hoy?  

Antes no existían ni los magísteres ni los doctorados, esos había que ir a hacerlos afuera. Hoy día están acá, no es malo, pero la diferencia está en que las memorias o trabajos más serios ya no los hace el egresado de pregrado si no el alumno de magister: ahí está la investigación. Entonces… entiendo que en la Católica ya no hacen memoria, por eso, antes las memorias eran lo que hoy día son las memorias de magister. Como que se rebajó la exigencia al alumno de pregrado siguiendo las modas mundiales, para terminar la carrera antes. De alguna manera, lo que antes era una memoria de ingeniería, hoy día, en algunos casos ya no existe, en otras universidades está a un perfil bastante más bajo.  

¿Cómo se puede revertir este proceso? 

No lo creo necesario. A lo mejor lo que se preparaba antes era un profesional “sobre preparado” por así decirlo para el ingeniero común y corriente, hay muchos que desarrollan trabajos en que basta con una formación básica. Entones el esfuerzo de preparación era excesivo respecto a la función profesional que desempeñan. Porque la ingeniería dura se hace dónde, hoy, en las empresas consultoras. Hay muchos ingenieros que simplemente tienen funciones administrativas, llaman a licitación, y no tiene sentido que estén en la frontera de la ciencia para hacer eso.

¿Podríamos denotarlo como el mal del ingeniero industrial que está más cerca del comercial que del civil? Eso confronta el interés propio con lo que propone la malla. 

Es que en los bancos comerciales se necesitan ingenieros, y en las compañías de seguros, pero que sean expertos en las últimas técnicas de modelación de turbulencia… no es necesario.

Esto también tiene un antecedente histórico, llegó un instante de los Chicago Boys en que lo superlativo era ser ingeniero industrial y todos los estudiantes se iban a la carrera industrial, los más altos puntajes, es algo que todavía en parte se mantiene. Yo me acuerdo una vez que yo tenía en hidrología acá unos 60 alumnos y le pregunté a alguien en la Chile y creo que tenía 10: ¡el resto son todos industriales!, me dijo, ¡no les interesa hidrología! Eso tuvo un clímax y hoy las cosas están volviendo a la normalidad. Hay una mayor o menor interés por la ingeniería industrial, pues se saturó el sistema - ¿Es lo que pasa ahora con la ingeniería en minas? - Sí, ahora ha aparecido ingeniería en minas por todos lados, antes la Chile tenía la exclusividad en ella, junto con la Escuela de Minas de Copiapó. Hoy hasta por internet se puede ser ingeniero en minas (risas).

Ludwig Stowhas en su oficina, desde donde sigue su trabajo de ingeniería hasta el día de hoy.

Usted lleva 40 años de docencia en la Universidad Santa María ¿cómo llegó a esta casa de estudios, y cómo la definiría en cuanto a la formación de los profesionales? 

Antes que nada, debo señalar que 40 años es demasiado, por eso este año decidí retirarme, aunque sigo colaborando con la Universidad.

Durante la década del 70’, tuve problemas para terminar mis estudios de doctorado: alcancé a sacar mi master y el convenio que teníamos con la Universidad de California, mediante la cual se conseguían becas con la fundación Ford para estudiar en EE.UU., se terminó. No alcancé a completar el doctorado, soy PhD Candidate, me faltó hacer la tesis (risas). La idea era haberla hecho acá en Chile, cuando volví, pero nunca la hice y nunca me hizo falta.

La otra componente que ocurrió, y que fue una de las razones por las que me volví acá a mi tierra, fue que  el laboratorio de nieve se exigía un costo de mantención alto, dos veces por semanas había que subir a la cordillera. Hubo en ese tiempo restricciones económicas tan fuertes que simplemente no había plata para la bencina del vehículo, y no podía hacerse investigación. Eso me desmotivó bastante y coincidió con la oferta que me hicieron acá, de volver a mirar al mar, y no lo pensé dos veces.

Yo creo que uno de los puntos buenos de la formación que les damos a los ingenieros es que son de un espectro amplio, nosotros no tenemos la especialidad ni hidráulica ni trasportes ni estructural ni nada. Es una formación de amplio espectro, que para el ingeniero que hace o se desarrolla en el mundo real, en una municipalidad, o algo así: ese tiene que hacerle a todo. El que está súper especializado en algo, primero se restringe a su campo de trabajo, se debe ir a una empresa que sea del mismo tema que escogió. La experiencia que hemos tenido es buena: cubre una necesidad del ejercicio ingenieril en donde el profesional necesita un espectro más amplio. Es como el doctor generalista, el doctor de pueblo tiene que hacerle a todo. Si tiene muchos problemas, bueno, vaya a ver al súper especialista a Santiago. Ahora, eso no quita que muchos alumnos, terminan como súper especialistas por interés propio o en sus estudios de postgrado.

¿Cómo se ve la descentralización? ¿Existe un sesgo o los estudiantes llegan a estudiar a regiones? 

Yo creo que a nivel de la educación hay menos centralismo que en el resto de las cosas en este país. Santiago es Chile. Para lo que uno necesite hacer que no sea rutinario en todas las actividades, hay que ir a Santiago. Para nosotros los porteños, ir a Santiago es cosa de cada 15 días, para reuniones, incluso para comprar una sola cosa. Venir de Santiago a acá significa un paseo, venir con traje de baño.

En la educación, los mejores alumnos están en Santiago por la simple razón de que ahí están la mayoría de los alumnos, la gran masa poblacional y de los más altos niveles socioeconómicos y con los mejores colegios. Nosotros recogemos acá a los mejores de la zona, los mejores de otras provincias, no todos, porque posiblemente sus padres prefieren una vida más tranquila o de menor costo… y hay que reconocerlo, recibimos las lista de espera de la Chile y la Católica. Y como el sistema de la PSU no tiene una correlación tremendamente alta con la calidad del alumno, a veces el alumno viene de un colegio malo, tiene mala PSU, pero es brillante. ¡Entonces al final resulta de que nuestros alumnos son tanto o igual que lo que puede haber en Santiago!

La sede de la UTFSM en Santiago fue parte de lo mismo: allá está la demanda entonces llevémonos la oferta allá, fue un análisis de mercado puro. Funcionó y el nivel de los alumnos en Santiago es el mismo que acá. Eso sí, acá tenemos una curva con mayor pendiente, tenemos alumnos con mejores puntajes que los mejores de allá, pero peores alumnos que los bajos de allá. Porque allá hay una masa mayor, es casi horizontal el sistema.

 

Cuando le pregunto a Ludwig acerca de cuál es su legado, no duda en responder simplemente al mostrarme un galardón, uno de los pocos que tiene en su oficina. Es un premio otorgado por los alumnos de la universidad Santa María. ¿Cuál? Una placa grabada en madera, con las palabras “En reconocimiento a su trayectoria en la formación de ingenieros civiles destacando la entrega y dedicación mostrada siempre hacia sus alumnos”.  

Ese es mi medalla de oro. Es vocacional, ¿no te dije que yo quería ser profesor? Disfruto transmitiendo lo que yo sé a terceros, y es el gran secreto para ser un buen profesor. Hay tipos que están estudiando la física de partículas, y tienes que ir a hacer clases de las leyes de Newton, debe ser un suplicio. Yo no. Enseño lo que hago aquí, allá. Y lo que enseño allá, lo aplico aquí.

Lo otro que podría considerarse como un legado, y que el Departamento de Obras Civiles está ahora publicando, es un libro con mis apuntes: legado material, que no es lo más importante. Hace tiempo que están en internet esos apuntes (risas).

¿A que dedica el tiempo libre? A su edad, 75 años, ¿qué es lo que más disfruta o agradece de todos estos años en la academia? 

Tengo re poco tiempo libre, pero no sufro por ello. El secreto de la vida es trabajar en algo que uno lo haría aunque no le pagaran y yo estoy en esa situación. Soy un afortunado, un agradecido de la vida. Me pagan por ejercer mi hobby, que es ser ingeniero y profesor. La otra gracia de trabajar en la universidad, es que mentalmente uno tiene veintitantos años, toda la gente con la que uno comparte tiene esa edad. Tienes la jerga, otros viejos de la edad mía escuchan hablar a un lolo y no entienden ninguna cosa, y ¿en qué se entretienen mis contemporáneos? En hablar de enfermedades, de remedios, y yo no le conozco el nombre a ningún remedio. Uno se mantiene mentalmente joven en la academia. Ese es el lado bueno, no se toma la vida demasiado en serio. 

¿Cómo se compatibiliza la profesión con la familia? 

El gran costo que se debe pagar por el privilegio de ser profesional, no sólo ingeniero, es que muchos no se pueden limitar a un trabajo de 8 a 5 de la tarde y olvidarse del asunto. A veces uno le dedica más tiempo a su trabajo que a su familia, lo cual indudablemente tiene un costo. Es el único punto negro de la historia, pero, bueno, como diría mi nieto menor, “así es la vida, tata”.

Tal vez en compensación a esa menor dedicación es que todavía nos vamos juntos de vacaciones con mi esposa, los hijos, con los nietos, y este año, espero, con el bisnieto, todos.  Y al parecer todos lo disfrutamos, pues son ellos los que organizan.